viernes, noviembre 15, 2019
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Mirando a los detectives

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En 2014 todavía se hablaba sin objeciones de la Edad Dorada de la televisión. Aunque Los Soprano y Six Feet Under ya estaban en el pasado, Mad Men pasaba por su última temporada y Breaking Bad acababa de terminar: no había llegado la avalancha de Netflix y el reflejo condicionado de ver series y decepcionarse y hacer maratones y sumar producciones iberoamericanas. En ese contexto de relativa inocencia, la primera temporada de True Detective fue un torpedo: las actuaciones icónicas de Matthew McConaughey y Woody Harrelson, los diálogos que citaban a Thomas Ligotti, la misantropía desatada, los escenarios desolados y hermosos de Louisiana, la mezcla de policial de procedimiento con Lovecraft, Robert Chambers y el horror cósmico, la música de The Handsome Family, Vashti Bunyan o Townes Van Zandt. Escrita por el novelista Nic Pizzolato, dirigida por Cary Joji Fukunaga, hasta se le perdonó un final perezoso, que fue ardientemente defendido por muchos fans y críticos, aunque no estuvo a la altura de lo desarrollado por los ocho amargos episodios de la serie.
Las expectativas para la segunda temporada estaban altísimas y la decepción fue proporcional. Pizzolatto intentó un cambio radical: mudó el escenario a California, sumó a una protagonista mujer (Rachel McAddams) y estableció una relación entre un policía depresivo (Colin Farrell) y un ex gangster devenido empresario (Vince Vaughn). No sonaba mal pero en pantalla resultaba confusa, recargada y la gravedad sombría de la primera temporada, que funcionaba porque el material requería ese tono, ahora resultaba paródica. Pizzolatto olvidó, por ejemplo, el humor: los diálogos sobre la extinción de la especie humana en el auto policial de McConaughney y Harrelson eran pura comedia. Problemas de producción, apuro, escuchar demasiado las demandas del público (“¡Pizzolatto no sabe escribir mujeres!”), peleas con Fukunaga: True Detective 2 no salió bien y no la salvó ni la intro con “Nevermind” de Leonard Cohen ni las escenas lyncheanas en un bar acompañadas de tristes canciones de Lera Lynn.
Pasaron casi cuatro años hasta que HBO se decidió a estrenar True Detective 3, que empezó hace dos semanas. La nueva entrega de la serie –las temporadas son unitarias: no hay continuación– es conservadora y eso la ayuda. Pizzolatto, a pesar de la mala experiencia de la segunda temporada, obtuvo más control. Incluso dirige dos episodios. Nuevamente son dos detectives detrás de un asesino elusivo y sofisticado, un asesino de niños que, como en un cuento de hadas macabro, se los lleva al bosque y los hace jugar con dados, con coleccionables y con muñecas de paja que parecen talismanes de bruja. El escenario es las montañas Ozark, una de las regiones más pobres de Estados Unidos. Y el protagonista es Mahersala Ali, el enorme actor negro que ganó el Oscar por Luz de luna y que posiblemente vuelva a repetir el galardón este año por Green Book.
Este año hay tres líneas del tiempo: los años 80, cuando desaparecen los hermanitos Purcell. Los años 90, cuando se reabre el caso. Y la actualidad, cuando el detective Wayne Hays (Ali), anciano, sufre problemas de memoria y es entrevistado por un equipo de especialistas en crímenes no resueltos, detalle que hace eco de los podcasts y series documentales de true crime y de casos fríos que en Estados Unidos son una verdadera epidemia. Y que además le da varias capas a la pregunta sobre qué es real y qué no, inclusive los flashbacks, teniendo en cuenta que el narrador tiene dificultades cognitivas para establecer esa diferencia. Una de las preguntas que sobrevuela True Detective 3 es cómo competir con esos relatos periodísticos, qué ficción proponer ante las narrativas de lo real.
La serie, como siempre, tiene muchas ideas. Hays es un ex combatiente de Vietnam e interactúa con muchos otros veteranos, incluso su compañero de investigación (Stephen Dorff), hombres rotos la mayoría, algunos, como un sospechoso que vive en la indigencia, obligados a vivir revolviendo la basura de los demás. Gracias al protagonismo de Ali y de la maestra de escuela que luego será su esposa, (la actriz Carmen Ejogo), hay reflexiones sobre temas raciales e incluso internas dentro de la comunidad afroamericana: ella, Amelia Reardon, participó en protestas antibélicas y flirteó con las Panteras Negras. “Por favor, no me digas que además sos demócrata” le pide Hays, mientras la invita a tomar cerveza y se enamora de ella. La pobreza es otro tema central: el desamparo de ese mundo rural, los trabajos sin futuro, las noches de cerveza barata.
Abundan, también, las referencias literarias y se vuelve a citar a Lovecraft. Esta vez, en un libro de Will Purcell, una de las víctimas, que se llama The Forests of Leng (Los bosques de Leng). El libro no existe, pero la “meseta de Leng” es un lugar ficticio imaginado por Lovecraft para los mitos de Ctulhu, que fue usado por Neil Gaiman, George R.R. Martin, Alan Moore y hasta Stephen King: en general, es un espacio donde confluyen múltiples realidades. No todas son referencias al terror y al fantástico: la maestra Amelia lee en clase poemas del escritor sureño Robert Penn Warren. Y es esperable que otras insinuaciones se profundicen.
La intersección entre policial negro y terror, esencia de los libros de Charlie Parker de John Connolly por ejemplo, nunca terminó de delinearse en True Detective, que suele preferir la sugerencia a las corrientes subterráneas del Mal pero no mostrar la cara del monstruo. Quizá sea lo mejor para el verosímil televisivo. Sin embargo, esa elección por lo irresuelto, también evidente en la pasión por plantar pruebas e indicios que terminan en la nada o en la bruma, puede ser una marca de estilo para subrayar la inquietud (nuestra vida es pura incertidumbre: ¿por qué resolver lo que no puede ser resuelto?) o un ejercicio que no hunde los pies en el barro, puros atisbos sin levantar el velo para echarle un vistazo a la devastación. Ahora, a medio camino, no se puede decir hacia dónde va la serie pero está claro que Pizzolatto volvió a la fórmula ganadora, con menos volumen, con un protagonista muy sólido (no tanto como Rust: no habrá ninguno igual) y esa amargura que tan bien le sale.
Fuente: Página 12

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