La Paz, la ciudad en las nubes

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La capital boliviana, la más alta del mundo, está construida sobre ruinas milenarias y mercados de brujas

La Paz, a 3.640 metros de altitud, es la capital más alta del planeta. Uno de los lugares clave para poder tener una buena panorámica es subir al famoso mirador de Killi killi, un punto imprescindible de la visita por la ciudad.

Mientras se observan los numerosos edificios rodeados de montañas que componen La Paz, tus pies vibran al saber lo que esconde el subsuelo. Y es que numerosas excavaciones arqueológicas demuestran que el departamento de La Paz está construido sobre antiguos asentamientos de civilizaciones anteriores al Imperio Inca. Tiwanaku es uno de ellos. Estas ruinas situadas en las inmediaciones de la ciudad, pertenecen a una civilización preincaica que siempre ha estado cubierta por un halo de misterio.

Actualmente todavía no se ha determinado con exactitud la antigüedad de este descubrimiento. Arthur Posnansky, uno de los más importantes arqueólogos bolivianos que investigó el hallazgo, aseguró que la última civilización de Tiwanaku apareció 14.000 años antes de Cristo. Aunque estudios más recientes ubican su inicio en el 1.500 a.C., son muchas las personas que creen que estas ruinas componen los restos de una de las civilizaciones más antiguas del mundo. El enigma sigue vigente.

No hay que abandonar Tiwanaku sin antes pasar por el museo y por lo que la comunidad aimara llama Puma Punku (la Puerta del Puma). En estas ruinas se encuentran restos de templos, vestigios de imponentes construcciones y numerosos monolitos tallados con mensajes que siguen siendo una incógnita.

“Muchas teorías apuntan a que la civilización de Tiwanaku recibió ayuda extraterrestre, una hipótesis que explicaría la capacidad de sus habitantes para mover bloques de piedra de 10 toneladas sin haber inventado la rueda” nos explica Gloria, nuestra guía de Late Bolivia, quien nos acompañó durante todo el tour por La Paz.

Gracias a Gloria y al corazón que Late Bolivia pone a sus excursiones, paramos a comer en uno de los lugares más típicos cerca de Tiwanaku: La Paceña. Allí el camarero nos explica que muchos de sus vecinos guardan en sus casas joyas arqueológicas tiwanakotas que descubrieron en el subsuelo al construir sus hogares.

Gloria añadió que desgraciadamente las piedras más pequeñas y más fácilmente trasladables han acabado formando parte del tendido férreo de La Paz. Un problema proveniente del poco valor y la falta de protección hacia este tipo de hallazgos que existe en el país.

De lo que sí están orgullosos los bolivianos es de poder disfrutar del teleférico que conecta La Paz con la ciudad de El Alto, 30a kilómetros de trayecto que han conseguido que este medio de transporte y reclamo turístico se haya ganado la entrada en el libro Guinness de los récords.

Después de ver La Paz desde las alturas, bajamos de las nubes para deambular por el casco histórico. Llegar al mercado de las brujas fue un reencuentro con lo natural, con las plantas medicinales y las ofrendas a la Pachamama. Los coloridos tejidos hechos a mano son un reclamo por la multitud de viajeros que van atraídos por el misticismo que encierran sus calles.

Aunque sin lugar a dudas una de las calles más bonitas de La Paz es la calle Jaén. Con adoquines de corte colonial, esta calle aúna variedad de museos impregnados de la historia de Pedro Domingo Murillo, el precursor de la independencia de Bolivia. La leyenda cuenta que fue en esta misma calle donde comenzó a gestarse el plan de revolución que finalmente llevaría al país a independizarse de la colonización española.

Murillo fue ahorcado el 16 de julio de 1809, pero hoy su apellido da nombre a una de las plazas más importantes de la ciudad.

En la plaza de Murillo se encuentra la catedral, el Museo Nacional de Arte y el palacio de Gobierno. Allí pudimos ver a personas pertenecientes al grupo étnico de los Aimara, uno de los pueblos indígenas de los Andes que hoy convive entre las calles de La Paz con sus llamativos atuendos y sus característicos sombreros. El empoderamiento de esta cultura ha colocado a Evo Morales en el Palacio de Gobierno, siendo el primer indígena de descendencia aimara en ser presidente de Bolivia.

En la plaza de Murillo se erige orgullosa la bandera wiphala, símbolo indígena de la igualdad y la diversidad, y su ondeo se ve acompañado por las alas de las palomas que caracterizan el lugar. Mientras veíamos comer a las tórtolas sentados en un banco, Gloria nos invitó a una especie de empanada típica de La Paz, un manjar llamado salteña.

Otro de los rincones clave es la plaza de San Francisco y su imponente iglesia. Un lugar donde más que paz, reina el caos. Aquí se ubica el centro estratégico donde se toman los autobuses que conectan la ciudad por vía terrestre. El único inconveniente es que no paran, si quieres subirte a una de estas furgonetas tienes que correr y pararla tú mismo. Este trajín con el transporte público es una costumbre muy extendida no sólo en La Paz sino en toda Bolivia, donde la mala conducción es la norma.

Fuente: La Vanguardia

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